Como un Atlético sin Torres

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Entre fichajes de renombre, renovaciones y los regates de Antoine, al Atlético de Madrid se le ha muerto el luto sin darse cuenta. Conducidos por la vorágine mediática, la hinchada rojiblanca no es consciente de que el próximo mes de julio, cuando los petos echen a correr en los Ángeles de San Rafael, habrá uno que no esté. Será entonces, alguien mirará en la lista de altas y bajas de su equipo en cualquier diario deportivo de una cafetería de pueblo y se dará realmente cuenta. Fernando Torres ha causado baja.

Y cuando lo hagan, la pena les volverá al corazón. Les entristecerá un poco esas semanas que pasan entre chanclas y pantalones cortos, entre cañitas y tapas. La resaca del Mundial desaparecerá por un instante. Volverán a recordar ese añito en el Infierno (que fueron dos) y les vendrá a la cabeza quién les guió desde el verde. Quién rompió la alcantarilla que les impedía ver la luz. Seguirán con su vida, de buen seguro, aunque con un pequeño anhelo muy adentro. Acudirán al Metropolitano y animarán, pero en algún momento, en alguna jugada, se acordarán de su Niño. A ese que despidieron dos veces.

Una más triste que la otra. Una porque les dejaba para irse a probar suerte a Inglaterra. Otra, porque ya no daba más. O eso dicen. Los atléticos han sufrido por Fernando dos duelos. Pero dos duelos muy distintos. El primero es el de la decepción, la sorpresa, la soledad de cuando tu pareja te deja porque “no eres tú, soy yo”. El segundo es la del te quiero, te amo, pero… era mejor antes de que te fueras. Te añoraré, pero me enseñaste a vivir la vida sin ti.

¿Y después?

Kafka nunca fue del Atlético, pero lo explicó todo de forma excelsa en su Metamorfosis. Gregorio Samsa se despertó un día convertido en insecto y su familia no lo llevó muy bien. Sus padres y su hermana lloraron y dijeron adiós al hombre abrazando a la larva. Se despidieron y le guardaron luto durante un tiempo. Asumiendo su pérdida, y entre lágrimas, Grete Samsa propuso echar a su hermano de casa. Ese mismo día, Gregorio muere de pena. La sirvienta se lleva el cuerpo repulsivo de nuestro protagonista a un contenedor y lo lanza como quien se desprende de las sobras del pescado de ayer. Su familia sale de casa, un poco triste aunque liberada. Y ahí acaba la obra, inconclusa.

Faltaría saber qué sintió ese trío familiar al volver a su hogar. Al ver la habitación donde dormía y soñaba el bueno de Gregorio. Los rojiblancos sí que volverán a su casa, a su nueva casa. Esa a la que todavía se están adaptando desde que hace un año también perdieron otra piedra angular, el mítico Vicente Calderón. Lo harán después de haberse despedido de dos de sus insignias en muy poco tiempo. ¿Cómo quedará la grada del Metropolitano sin él? ¿Cómo se imaginan un mundo después de esto? Algo así como  una fuente sin agua o un puente resbaladizo de cristal. Igual que un aeropuerto sin aviones y una estación del AVE sin despedidas. O como un Atlético de Madrid sin Fernando Torres.

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